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Nuestra meta es el cielo - V Domingo de Cuaresma

Ya está brotando, ¿no lo notáis?


Ya son treinta y tres días de esta cuaresma que es especial. Sí, cada año es única e irrepetible. En este quinto domingo, la profecía de Isaías nos despierta la esperanza. Que nada nos impida ir adelante. "No recordéis las cosas pasadas". (Is. 43, 18)

En el lugar donde yo vivo se celebran las misas de la escalera: el 1 de enero, 2 de febrero, 3 de marzo. 4 de abril, etc. Esta escalera concluye el 7 de julio, fiesta de san Fermín.

Nuestra vida es un proceso, tal como esa escalera de preparación de la fiesta de este santo de Pamplona. Es subir unos peldaños que nos llevan al monte, sin mirar atrás.


Toda realidad asumida en Cristo, que pasa por el perdón y la sanación, debe valer ahora solo para cantar las misericordias del Señor.


Dios está haciendo algo nuevo en cada uno de nosotros, "ya está brotando, ¿no lo notáis?"

Él no mira nuestro pasado, nos alienta en el espíritu del Resucitado.




Tentaciones- transfiguración- conversión- hijo pródigo.


Haciendo una síntesis de las cuatro semanas anteriores, el domingo de las tentaciones, aprendimos a ganar la victoria con Cristo, "porque él tenía de mí, la condición humana para sí mismo; de sí mismo la salvación para mí; tenía de mí, la muerte para sí mismo; de sí mismo, la vida para mí; tenía de mí, ultrajes para sí mismo; de sí mismo, honores para mí; consiguientemente, tenía de mí, la tentación para sí mismo; de sí mismo la victoria para mí". (Liturgia de las horas- San Agustín)


El segundo domingo contemplábamos la transfiguración, gozándonos en la imagen de Cristo, como reflejo de la majestuosa Gloria del Padre. Rostro del amor, luz que conduce a la "Presencia" en el monte de la oración.


El tercer domingo nos invitaba a descalzarnos, para entrar en ese espacio sagrado, lugar íntimo y profundo del corazón. En el silencio oír la voz de Dios, responderle con decisión. Y en esos sucesos trágicos del Evangelio, esos galileos que asesinó Pilato y la desgracia de los que murieron, porque les cayó encima la torre de Siloé, Jesús nos llamaba a la conversión, como actitud continua de vuelta a Dios.


Y finalmente, el hijo pródigo que regresa a la casa. Esa casa donde aparentemente no hay una madre, pero sí un banquete, la mejor túnica, calzado, el anillo... y el abrazo del padre. Este Padre que es madre, porque el rostro materno de la misericordia de Dios, está en los pequeños-grandes detalles que expresan su amor y perdón.


¿He alcanzado la meta?


Pablo en la segunda lectura de hoy (Fil. 3, 8-14), reconoce que no ha llegado aun a la meta, no ha conseguido la perfección, pero se esfuerza cada día en su conquista.

Recordemos la conversión de este hombre, que de perseguidor de los primeros cristianos, pasó a ser un "enamorado del Amor".

Fue derribado y sus ojos dejaron de ver la luz, para ensalzar con su propia persona a quien perseguía, Jesús.

Su oscuridad, al no comprender el misterio del Hijo de Dios hecho hombre para salvarnos, se transformó en la luz de la verdad, que llegó a ser para Cristo el instrumento, que extendió la Iglesia a otras naciones.


Pablo en esta carta a los Filipenses, se dirige a ellos con un corazón humilde y sincero. "Yo, hermanos, no me hago ilusiones de haber alcanzado la meta; pero, eso sí, olvidando lo que queda atrás, me lanzo de lleno a la consecución de lo que está delante y corro hacia la meta, hacia el premio al que Dios me llama desde lo alto por medio de Cristo Jesús".


¿En qué etapa de tu vida estás tú, en esta carrera hacia el cielo?

¿Cómo vives tu fe, con orgullo disimulado o como un humilde pecador que ha sido elegido y perdonado?


Anda, y en adelante no peques más.

Río de misericordia que fluye del corazón de Jesús. Y si tú eres capaz de acoger estas palabras, como si fueran pronunciadas directamente a ti, todo el amor que de ellas se desprende, sería como el fluir de la gracia, que purifica, transforma, y florece en la fidelidad del amor.


En esta última semana de cuaresma, estas palabras de Jesús, debieran guiar nuestros pasos a presentarnos ante Él, para recibir, no la condena, sino el perdón y el amor. Y no como fariseos que acusan y condenan a otros, sino, como esta humilde mujer que se queda sola con su Salvador, recibiendo el perdón.




La actitud de Jesús, escribiendo en el suelo, resistiéndose ante la trampa que le tendían los fariseos, obligándole a pronunciarse contra la ley de Moisés, que mandaba la lapidación en caso de adulterio.


Su actitud, es de suma paciencia. Jesús espera escribiendo en el suelo. Su pedagogía es la misericordia. No tenemos derecho a lanzar piedras al otro, esas piedras nos las merecemos nosotros también: "¿Mujer, dónde están tus acusadores? ¿Ninguno te ha condenado? " Ella contestó: "Ninguno Señor". Jesús le dijo: "Yo tampoco te condeno" (Jn. 8, 10)


Que al contemplar esta escena del Evangelio, pueda brotar en ti, tu propio diálogo con Jesús, desde tu historia, las preocupaciones que hoy tienes, los deseos de tu corazón. Y que las piedras que ves en el camino, no sean el flagelo condenatorio para el otro, sino un aviso de los obstáculos que puedan existir en tu propia vida.



Conclusión

En siete días más, comienza la semana más importante del año litúrgico, con la celebración del Domingo de Ramos, vivamos intensamente esta santa semana.

Este domingo estamos llamados a experimentar la misericordia y el perdón del Señor, para avanzar hacia la meta, intentando considerar como estiércol, todo aquello que no es Jesús, con tal de ganarle a Él, el rey del aposento principal de mi corazón.


Oración


Señor, prepara mi corazón para vivir esta Semana Santa en un profundo recogimiento, contemplando el misterio de la salvación de todos los hombres y mujeres de este mundo, con agradecimiento por tu inmenso amor.

Amén.






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